Papá murió el 5 de enero de 2010, hace ya dieciséis años. Hoy, a mis 31, eso significa que han pasado más años desde su muerte que los que vivimos juntos en el plano terrenal. Para mí, la muerte de papá fue un hecho traumático que, de algún modo, ya veía venir. Su enfermedad cardiovascular, agravada por un ACV en marzo de 2009, era lo suficientemente grave como para admitir solo dos posibilidades: vivir con severas restricciones motoras y del habla, en una afección constante que apenas podía mantenerse “estable”; o que, en algún momento, la situación se complicara hasta desembocar en la muerte, conclusión fatal, pero realista. Cuento esto porque, a mediados del año pasado, tuve una noche extraña. Desperté después de haber soñado con papá y con mis hermanos —no recuerdo exactamente qué—, lo cierto es que desperté llorando. Pasé horas así, sin saber del todo por qué. Fue entonces cuando comprendí que había cosas que, incluso después de tantos años, no habían sanado. Es simple...