Cumaná: la noche que ardieron los libros

 



Como si se tratara de hordas de enemigos bárbaros y hostiles, la oscuridad de la noche y la complicidad de ciertos funcionarios se conjugaron para que masas de vecinos y delincuentes entraran al recinto de los textos sagrados: ardieron más de 120.000 ejemplares, cuarenta años de historia consumidos por la brutalidad. Además, absolutamente todo lo que pudieron saquear desapareció esa misma noche.

A la mañana siguiente solo quedaría el olor chamuscado del papel y las cenizas en el aire: una tristeza silenciosa, la resignación. En la periferia de la universidad, vecinos expectantes, hambrientos y desesperados —víctimas también, hay que decirlo, de un régimen populista— se hacían los desentendidos. Fueron ellos.

Podría ser esta una crónica medieval, una de esas en las que los habitantes de algún pueblo muestran su hostilidad hacia un centro de estudio. Pensemos, tal vez, en la masacre de Santa Escolástica en 1355, en Oxford, o en los conflictos recurrentes que se vivieron en Cambridge durante los siglos XIV y XV. También podríamos ir hacia un pasado más reciente e imaginarnos a las tropas alemanas, en 1914, destruyendo la biblioteca de Leuven, o a los serbobosnios bombardeando la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina en 1992. Los ejemplos abundan: la destrucción de libros y de cultura ha sido algo recurrente en la historia de la humanidad.

Lo cierto es que, en la madrugada del 31 de mayo al 1 de junio de 2020, la tragedia se ciñó sobre una ciudad casi desconocida en el mundo: Cumaná, estado Sucre, Venezuela.

Los bomberos de la Universidad de Oriente tuvieron que esperar durante horas para luchar contra el fuego que consumía miles de ejemplares de libros, revistas y tesis acumulados durante décadas en la Biblioteca Central de su propia universidad. Las pérdidas superaron el millón de dólares. La falta de apoyo logístico, combustible y presencia policial en el campus fue palpable e, igual que el incendio, intencional.

La desgracia se incubó durante años: la Universidad de Oriente se había convertido en una piedra en el zapato del régimen socialista. El asedio, como castigo, vino de muchas formas: reducción del presupuesto; salarios de profesores llevados a niveles simbólicos; disminución o suspensión de la financiación de las actividades investigativas; infiltración de grupos delictivos que hacían las veces de estudiantes; represión a los movimientos estudiantiles y al profesorado. Todo esto y más, hasta llegar al momento cumbre: el desmantelamiento de la planta física de la universidad.

No fue un accidente. Fue política de Estado.

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