Yo, el otro
Entre la multitud bulliciosa e impasible, me reconocí. Era una mañana de abril de 2025; lo recuerdo bien. En un arrebato de suerte, logré encontrar un asiento en uno de los vagones atestados: era la hora pico. Al sentarme, dirigí la mirada al frente y me vi entre las piernas y los cuerpos de los demás pasajeros. Estaba justo enfrente. Sin duda era yo, con unos quince años más, pero era indiscutiblemente yo. Me reconocí en mis propios gestos y en la mirada. Curiosamente, mi yo mayor no parecía advertir mi presencia. Llegamos a la estación Macul, y una multitud que iba rumbo al estadio bajó. Aproveché el momento y traté de observarme disimuladamente con más detalle, de analizarme. Estaba nuevamente seguro de que era yo; no había sido una breve confusión ni un delirio. Y la niña de unos diez años a su lado era mi futura hija —conclusión a la que no sé cómo llegué—. Veía mis arrugas, mis canas, la calvicie que había avanza...