Doblepensar chavista
El chavismo siempre ha operado desde el doblepensar, ese concepto que Orwell describe en 1984: la capacidad de sostener dos ideas completamente contradictorias y exigir que ambas sean aceptadas como verdad, no porque describan la realidad, sino porque el poder así lo necesita.
Un ejemplo evidente es el discurso de la soberanía. Se habla de una Venezuela libre e independiente, mientras en la práctica el país ha estado sometido al aparato de inteligencia cubano, alineado con los intereses de potencias como Rusia e Irán, y económicamente atado al capitalismo de Estado chino. Todo eso ocurre al mismo tiempo, sin que —según el relato oficial— exista contradicción alguna.
El doblepensar chavista ha encontrado en la posverdad a su mejor aliada. La realidad deja de ser algo objetivo y comprobable para convertirse en una emoción, en un relato conveniente. No importa lo que ocurre, sino cómo se cuenta y cómo se siente. La razón, el análisis y la evidencia pasan a ser sospechosos, casi enemigos. Pensar se vuelve un acto de deslealtad.
Los últimos días han sido un despliegue descarado de este mecanismo. La realidad es bastante simple: Delcy Rodríguez acepta condiciones impuestas por Estados Unidos en materia petrolera. Pero el relato oficial no habla de sumisión ni de negociación forzada, sino de acuerdos soberanos, de victorias diplomáticas, de paz y revolución. El mismo imperio que dicen combatir sirve, de pronto, como socio táctico. Nada de esto parece incomodar al discurso chavista.
Lo mismo ocurre con el sistema eléctrico. Desde afuera se anuncia inversión extranjera para rescatar una infraestructura colapsada; desde adentro se afirma que será la revolución la que la recupere, como si no hubiese sido el propio chavismo quien la destruyó durante más de dos décadas. Para el doblepensar, ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. La realidad no es lo que pasa, sino lo que conviene creer.
Durante mucho tiempo pensé que esto era simple estupidez. Hoy creo que es algo peor: una capacidad entrenada para negar los hechos sin sentir vergüenza, para retorcer la realidad hasta que encaje en el relato. No es ignorancia: es disciplina. Y eso, quizá, es lo más inquietante.
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