Causa archivada
Nota: Este texto no es más que una conversación imaginaria sobre hechos que, de alguna manera, sí sucedieron, y que a la fecha siguen sucediendo.
En un bar del centro de Santiago me reencontré con José Ignacio. Su mirada taciturna y sus gestos pacientes se habían acrecentado con el pasar de los años. Siempre fue tranquilo—excesivamente tranquilo, diría yo—en su vida cotidiana. En el aula casi nunca hablaba, a menos que algún profesor le preguntara algo; y en las reuniones de los grupos estudiantiles parecía siempre introspectivo, metido en sí mismo y en sus pensamientos, como si existiera un muro infranqueable entre él y el resto de quienes lo rodeábamos. No quiero decir con esto que resultara antipático. Al contrario: su tranquilidad e inteligencia nos resultaban de lo más agradables.
Al principio no entendía por qué decidió formar parte del grupo. Pensé que se había unido a nosotros por pura inercia, que algo dentro de sí lo empujaba a estar con un grupo de estudiantes políticos revoltosos y desordenados, como una forma de contrarrestar su personalidad introvertida, en busca de algo de adrenalina. Con el pasar del tiempo me di cuenta de que era de los mejores: un idealista honesto, que devoraba libros de historia, política y derecho; que escribía con propiedad y hablaba con precisión, sin dilaciones ni barroquismos innecesarios. Sobra decir que era un gran activo para la causa de la libertad, y que su presencia nos venía bien: aportaba algo de armonía a un grupo que, para muchos, solo sabía gritar consignas repetidas, cerrar portones y lanzar piedras.
Seis años después, ya desbaratado el movimiento estudiantil—y la universidad misma, por no hablar del país entero—nos encontramos en el exilio. Tanto él como yo éramos hombres diferentes, absorbidos por las obligaciones de la vida diaria, con algunos sueños rotos y una vida distinta a la que habíamos deseado. La melancolía del destierro se nos notaba a flor de piel.
No pude evitar preguntarle, de manera directa, por qué decidió alejarse de nosotros en algún momento dado. Miró hacia la mesa, suspiró y cerró los ojos. Luego me miró fijamente y comenzó a hablar, preciso y firme:
—Fue horrible lo que viví. No solo yo, sino todos los que caímos presos. Me agarraron en medio de la protesta del 18 de septiembre. No alcancé a llegar corriendo al umbral del arco que da entrada a la universidad, ese lugar donde se supone que estaría a salvo. A pocos metros del recinto, un motorizado me tomó por la camisa y me arrastró, mientras otro, de pie, me golpeaba en las costillas y la cara. Me pateaban las piernas, me escupían, me gritaban. No pude más: dejé que me subieran a la moto y me llevaran.
Llegamos a una comandancia. Antes de encerrarme en una celda apestosa a orina y excremento, me tuvieron por dos horas desnudo bajo el sol. Llevaba una mochila con mis cuadernos de Matemáticas II y Física. Me obligaron a arrancar las páginas, y las quemaron delante de mí. Me decían “eres un huevón”, “estúpido”, “pendejo”, una y otra vez. Otra paliza más, y a la celda.
Al principio estuve solo. Luego metieron a dos delincuentes comunes, atrapados durante un robo a una casa. Sus caras, sus cicatrices, me causaban temor. Tenía hambre. Ya habían pasado más de doce horas y el frío de la noche me calaba los huesos mientras lloraba. Los otros presos me veían con cierta indiferencia, riéndose de mí. La noche se me hizo eterna. Logré dormir por escasos momentos.
Un rayo de luz entró por la pequeña ventana del calabozo, suficiente para indicarme que era un nuevo día. Pasaron dos horas de extraña calma, y por fin me trajeron algo para comer. A través de un guardia supe que mi madre había venido a buscar información sobre mí. No la dejaron verme, pero al menos permitieron que me dejara algo de comida. “No vaya a creer que lo estamos maltratando, ni que pasa hambre”, dijo cínicamente el guardia. Comí con dolor unos sándwiches de jamón y queso amarillo, sintiendo una pena enorme en el alma y en el cuerpo. Al menor movimiento sentía los moretones y el cuerpo magullado. Trataba de no emitir ni un sollozo. Aguantaba estoicamente, cerraba los ojos y pensaba en otros lugares. Trataba de llevar mi mente a otra realidad, donde no sintiera el dolor ni el hedor de esa celda de tres por tres.
—Recuerdo que, cuando nos dimos cuenta de que habías caído preso, todos nos organizamos (estudiantes, partidos, ONG’s) para rastrear dónde estabas —le dije, interrumpiéndolo abruptamente.
—Sí, lo sé. Sé que por mí se organizaron nuevas protestas, que me convertí en una especie de causa. Sé que, de alguna manera, se filtraron los abusos: las palizas... pero, la verdad, siento que fui usado. Te he contado lo del principio. Detallar lo que vino después es aún más doloroso. Pero sí: casi todos los rumores son ciertos. Ácido de batería, cañones de fusiles en el ano, días sin luz, electricidad, torturas de todo tipo. Sería injusto decir que sufrí todas, pero sí parte de ellas. Y sé, por otros, que las demás también sucedían.
Tres meses preso fueron suficientes para convertirme en un despojo humano. Mi cuerpo flaco se tambaleaba. Recuerdo la algarabía de quienes me recibieron, los discursos elocuentes de políticos adjudicándose mi liberación. Pero ahí quedó todo. Nadie se preocupó por mí cuando pasó el furor. Al final, la oposición se sentó a negociar —como siempre—, y los miles que fuimos torturados, y quienes aún siguen presos, fuimos olvidados. Fuimos usados y desechados. No pude volver a la universidad. Un año después decidí autoexiliarme. Tratar de simular que todo lo malo había pasado, mientras todos miraban hacia otro lado, me resultaba intolerable. Mucho menos sería capaz de intentar de nuevo la misma aventura, las mismas marchas, el eterno retorno al fracaso, guiados por los mismos corruptos e ineptos de siempre.
—¿No crees que has sido muy duro con todos, incluso contigo mismo? —le dije, en actitud algo a la defensiva.
—Duro es el infierno. Y acá estoy, tratando de vivir —me respondió, mirándome con resentimiento.
En este punto, creo que José Ignacio siempre tuvo la razón. Es el eterno retorno al fracaso. Y todos hemos sido condenados.

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