El discurso
El
viejo televisor se apaga, ha dejado de sonar el discurso perenne. Escucho a mi
abuelo sentarse en el viejo sillón gastado que cruje. Discute efusivamente:
cree,
siente.
En
el techo de zinc caen balas, la vereda del frente huele a marihuana y suciedad;
en el fondo, a lo lejos, se escucha el discurso. El televisor sigue apagado.
Abuela
me devuelve a casa de mis padres. Es un apartamento donde vivimos cinco, aglomerados
entre muebles, libros y animales.
Papá
discute con un vecino:
siente,
pero
no cree.
Mis
compañeritos de clase van a Orlando o Miami; yo he ido a Araya y Mochima. Me
cuentan que en sus casas hay televisores, pero a sus papás no les gusta el discurso.
Ensayan otro discurso.
Tantos
años han pasado ya;
todavía
suena el discurso.
Nadie
cree,
nadie
siente.
Los
techos de zinc y las balas se multiplican. Los viajes ahora son de migración.
A un hombre lo torturan;
detrás,
el discurso
A
una jueza la violan;
detrás,
el discurso.
A
un compañero de estudios una bala lo mata;
detrás,
el discurso.
Nadie
cree,
nadie
siente.
Aún
detrás, el discurso.
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