La forma tardía del duelo




 

Papá murió el 5 de enero de 2010, hace ya dieciséis años. Hoy, a mis 31, eso significa que han pasado más años desde su muerte que los que vivimos juntos en el plano terrenal.

Para mí, la muerte de papá fue un hecho traumático que, de algún modo, ya veía venir. Su enfermedad cardiovascular, agravada por un ACV en marzo de 2009, era lo suficientemente grave como para admitir solo dos posibilidades: vivir con severas restricciones motoras y del habla, en una afección constante que apenas podía mantenerse “estable”; o que, en algún momento, la situación se complicara hasta desembocar en la muerte, conclusión fatal, pero realista.

Cuento esto porque, a mediados del año pasado, tuve una noche extraña. Desperté después de haber soñado con papá y con mis hermanos —no recuerdo exactamente qué—, lo cierto es que desperté llorando. Pasé horas así, sin saber del todo por qué. Fue entonces cuando comprendí que había cosas que, incluso después de tantos años, no habían sanado.

Es simple: la relación con un padre no caduca. Evoluciona. Uno vuelve a esa figura desde múltiples lugares: la adultez, el exilio, las decisiones éticas. A veces el duelo no se elabora del todo por pura supervivencia: había que seguir, trabajar, emigrar, sostener a otros, no mirar atrás. El dolor no había desaparecido; estaba ahí, latente, esperando un momento de mayor estabilidad para emerger.

Desde entonces comencé un ejercicio personal de reconstrucción de los hechos relacionados con el fallecimiento de papá. A través de la memoria empecé a escribir. Así nació una especie de narración-testimonio titulada Papá, el idealista, en la que fui completamente franco respecto a mis sentimientos sobre el actuar de algunos familiares en aquel momento. El texto nació siendo duro, incluso injusto y cruel por lo excesivamente personal. Con el tiempo, se transformó también en una breve biografía en la que intenté comprender a papá: sus complejos, su personalidad, sus errores, sus amistades. Terminó siendo, además, un ensayo sobre cómo la historia de un país se entrelaza con la historia de cada individuo; sobre la imposibilidad de escapar de ciertas decisiones y de la psique colectiva, y sobre cómo todo ello termina moldeándonos.

En algún momento pensé en publicarlo. No lo he hecho, por respeto, para no dejar mal parada a gente que quiero y aprecio.

Solo diré, a modo de conclusión, que León González Dona fue un gran hombre, con errores y aciertos. Un ser humano de corazón excepcional. Un padre maravilloso.

 

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