Yo, el otro
Entre la multitud bulliciosa e impasible, me reconocí.
Era una mañana de abril de 2025; lo recuerdo bien. En un arrebato de suerte, logré encontrar un asiento en uno de los vagones atestados: era la hora pico. Al sentarme, dirigí la mirada al frente y me vi entre las piernas y los cuerpos de los demás pasajeros. Estaba justo enfrente. Sin duda era yo, con unos quince años más, pero era indiscutiblemente yo. Me reconocí en mis propios gestos y en la mirada. Curiosamente, mi yo mayor no parecía advertir mi presencia.
Llegamos a la estación Macul, y una multitud que iba rumbo al estadio bajó. Aproveché el momento y traté de observarme disimuladamente con más detalle, de analizarme. Estaba nuevamente seguro de que era yo; no había sido una breve confusión ni un delirio. Y la niña de unos diez años a su lado era mi futura hija —conclusión a la que no sé cómo llegué—. Veía mis arrugas, mis canas, la calvicie que había avanzado. Me gustaron mis futuras monturas de lentes. Advertí que algunas cosas habían cambiado; algunas expresiones me parecían más resueltas, más seguras. Desde la distancia, me agradó mi propia imagen, lo que ya de por sí me era extraño. Por lo general, cuando veo al yo de mi presente en un espejo, siento cierta insatisfacción. Ahora, en ese momento, mi yo del futuro me agradaba más.
Dirigí la mirada a la niña. Ella pareció notar mi presencia. Tal vez porque reconociera en mí algo familiar. Algo extraño sucedía, y ambos lo sabíamos. Era como si, a través de las miradas, fuéramos conscientes de lo que pensaba el otro, y a la vez cómplices de un secreto que sabíamos que no revelaríamos, comunicándonos mediante miradas furtivas y esquivas. Ella dirigió una mirada hacia mi otro yo, quien estaba absorto releyendo a Kundera. Luego, ante la incomodidad, desvió la vista, tratando de evitar la situación.
El vagón ya casi vacío, y mi otro yo no levantaba la mirada para percatarse de mi presencia. Recordé que es algo muy propio de mí: distraerme y perderme entre libros. También advertí que, conociéndome, lo más probable era que siguiera metido en la lectura sin percatarme de lo que había a mi alrededor. Aproveché la situación y seguí analizándome. Me fijé en los detalles de mi ropa: camisa blanca, chaqueta beige oscura, pantalón caqui de vestir, zapatos semiformales. Llevaba un reloj Orient algo golpeado: el mismo que hace unas semanas había visto en una tienda y tenía pensado comprar.
Llegamos a Plaza Egaña y otra multitud subió. Traté de seguirme, pero en el entrar y salir de gente al vagón me perdí. Justo antes de que se cerraran las puertas, me percaté de que había bajado. Me abrí paso entre la multitud y logré salir. Caminé hacia donde creía que me había dirigido; me sentí confundido, no me hallaba. Instintivamente miré mi reloj, y me di cuenta de que no era el mismo Casio de siempre: era ahora un Orient golpeado. Mis manos, ahora un poco envejecidas. Y, agarrada a mi mano derecha, estaba Celeste, que me miraba con extrañeza.

Excelente relato👏👏👏
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