Una batalla bajo el sol

Dedicado a todos mis compañeros de la UDO

Todo comenzaría con un grupo manifestando con pancartas en las afueras de la Universidad. Luego llegaría la Guardia Nacional, y el caos se desataría.

El humo de las lacrimógenas nos nubló la visión de lo que considerábamos el campo de batalla. Recuerdo el olor a caucho quemado y el ardor insoportable en toda la cara, un ardor que en algún momento se volvía excepcionalmente doloroso. Aun así, seguíamos avanzando, con algo de miedo, pero firmes y decididos a dar batalla, como si fuésemos, en nuestra imaginación desaforada, valientes espartanos enfrentándose a los persas en las Termópilas.

Se puede decir que era un día hermoso, con los rayos reflejándose en la vegetación que nos rodeaba y el mar que teníamos en frente dándole vida a las cosas, llenando cada rincón de luz. A lo lejos se divisaba un barco, y todo parecía, desde la distancia, transcurrir con normalidad. Desde el cerro Colorado podíamos ver las motos de alta cilindrada de la GNB bajando a toda velocidad por la avenida Universidad. Una lluvia de piedras les hizo perder el equilibrio a algunos y caer al suelo, entre confusión y asombro. Uno de los guardias caídos, entre el alboroto y el miedo, sacó su pistola, asustado y nervioso, disparando cinco veces sin un objetivo fijo. Una de las balas dio en el estómago de Orlando. Fue el primer herido de gravedad, que logramos salvar gracias a la rápida intervención.

Éramos al menos cincuenta en el frente directo, otros treinta regados entre la subida del cerro hacia el IOV (Instituto Oceanográfico de Venezuela) y el inconcluso edificio de la biblioteca. Había además un grupo apoyando desde la escuela de Ciencias Sociales y las Petroaulas, y las muchachas que ayudaban a los asfixiados por los gases y a los heridos. Como protección, no teníamos nada, excepto algunas láminas metálicas que encontramos y usábamos como escudos. En su mayoría éramos estudiantes veinteañeros, junto a un grupo de muchachos de los barrios cercanos que, en busca de adrenalina, se sumaban a la causa.

La GNB sacaría todo lo que tenía para reprimir: tres tanquetas que apostaron en la entrada de la Universidad y al menos tres camiones con un total aproximado de 36 guardias, armados con todo el equipo antimotines: rodilleras, pecheras, cascos, mascarillas y escopetas con municiones de perdigones, metras y lacrimógenas. Luego llegaría el camión lanzaagua para tratar de acabar con la situación de violencia que ellos mismos habían iniciado. Su actuar fue, desde el principio, el de arremeter con la mayor fuerza posible, sin mediación ni diálogo.

Al principio, nuestra valentía y superioridad numérica hicieron correr despavoridos a los mal organizados guardias. Recuerdo sus caras de terror, escondidas detrás de los escudos en la lucha a corta distancia, donde las piedras y patadas resultaban más efectivas que las armas antimotines. En algún momento estuvieron acorralados y pedían tregua, hipócritamente, luego de haber llegado disparando lacrimógenas y de haber secuestrado y golpeado a un estudiante con condiciones especiales que se había acercado pacíficamente para pedir que no reprimieran. La adrenalina y la rabia corrían por nuestras venas. El calor era sofocante y estábamos sudorosos, excitados. Ante la llegada de las tanquetas, nos resguardamos detrás del arco que marca la entrada a la Universidad, que se supone, por razones de autonomía, debía ser un recinto inviolable para las fuerzas del régimen.

Seguimos dando la batalla desde la distancia, con piedras y todo lo que pudiéramos arrojar. Algunos guardias cambiaron de estrategia y comenzaron también a defenderse con piedras, mientras las tanquetas seguían disparando perdigones y los grupos en formación lanzaban escopetazos con lacrimógenas. Íbamos y veníamos, atacábamos y nos resguardábamos. Había heridos por piedras y perdigones, muchos ahogados por el gas. Todo el aire parecía estar contaminado: olor no solo a gas, sino también a caucho quemado, gasolina y cosas chamuscadas.

Era una lucha claramente desigual: muchachos armados con palos y piedras contra lo que se supone son profesionales de la guerra, armados con todo lo necesario para controlar ese tipo de situaciones. Nosotros improvisando. Aun así, teníamos la ventaja de ser jóvenes, valientes, idealistas. Rebeldes con la adrenalina y el orgullo en nuestras almas. Defendíamos la democracia, el Estado de Derecho, las leyes y, sobre todo, la Libertad. No nos importaba salir heridos; sabíamos que nos enfrentábamos a un régimen capaz de perseguir, secuestrar e incluso asesinar. Algunos optaban por cubrirse el rostro. Otros, en actitud desafiante, no lo hacíamos. Sabíamos que incluso antes de la llegada de las fuerzas represivas, oficiales de inteligencia estaban apostados a cierta distancia en un Toyota Corolla sin placas, tomándonos fotografías para luego investigarnos. También sabíamos que dentro de la misma Universidad había infiltrados, gente a la que le habían pagado. Teníamos mucho que perder. Éramos valientes.

Pasadas las 15:00, los esfuerzos de la GNB eran insuficientes para sofocar la protesta. Se veían agotados, heridos, vacilantes. Poco a poco los motorizados se fueron retirando, los antimotines replegándose hacia sus camiones. Sonreíamos pensando que habíamos ganado. Entonces sucedió lo impensable.

Lo vimos desde lejos, pero al principio no le prestamos demasiada atención. Eran dos autobuses del gobierno que bajaban solos por la avenida a velocidad normal. Resultaba extraño, ya que, desde la redoma, el tráfico estaba cortado. Uno se estacionó al costado, justo donde antes estaban los camiones de la guardia; el otro se desvió y se detuvo en una calle paralela, detrás del edificio de la fiscalía.

Pasaron al menos diez minutos sin que sucediera nada. Los buses estaban abarrotados de personas que parecían discutir. Luego comenzaron a bajar rápidamente, y en ese mismo instante nos dimos cuenta: por sus fisonomías, gestos y vestimenta, eran delincuentes. De repente, el grupo en el cerro Colorado nos avisó que venían motorizados civiles bajando a toda velocidad por la avenida. No nos dio tiempo de reaccionar.

Luchaban de la misma forma que nosotros: con piedras o lo que encontraran en el camino. Pero al llegar las motos, la anarquía y la locura se desataron a un nivel demencial. Entraron directamente a la Universidad, mientras que la turba de delincuentes arremetía contra las Petroaulas, que fue lo primero que encontraron para destrozar. Las motos entraban y salían en un intento de atropellar a cualquiera que se cruzara, para asustarnos. Dimos batalla por unos minutos, pero luego sacaron armas de fuego, y sin necesidad de que dispararan, nos replegamos. Desde las escalinatas del IOV veíamos cómo rompían lo que encontraban y perseguían con palos a un grupo que estaba en la escuela de Sociales. Por un momento no hicimos nada, solo mirar y pensar. Un silencio incómodo nos invadió. Veíamos a las hordas acercarse cada vez más, así que tomamos la decisión de contraatacar.

Nos enfrentamos ferozmente, en una lucha directa. Nuevamente íbamos y veníamos, y en algún momento recuperamos el terreno perdido. Me refugié detrás de una valla metálica que usábamos como escudo. Éramos dos o tres, lanzando piedras y tratando de comunicarnos con el resto. En un momento, un motorizado pasó a nuestro lado y nos apuntó con una pistola. Pensé que perdería la vida. Corrimos en distintas direcciones; tropecé con las ramas de un árbol seco y caído, me levanté y seguí corriendo hasta darme cuenta de que estaba fuera del peligro inmediato.

En un gesto ingenioso, un grupo de los nuestros agarró pedazos de caucho quemado y palos del suelo, y formando con ellos una silueta de pistola los apuntó hacia los colectivos. A la distancia no se distinguía bien lo que era, y corrieron despavoridos creyendo que les iban a disparar.

La tarde calmó el sol y todo parecía más tranquilo, menos brillante. Una tranquilidad gris se apoderó de lo que nos rodeaba. El silencio inundó los alrededores y nuestros espíritus.

Aprovechamos la retirada de los colectivos y nos adentramos a las afueras de la Universidad. Corrimos hacia el mar, donde nos zambullimos. Luego salimos y seguimos caminando por la playa, evitando así a la Guardia Nacional y a los colectivos remanentes, hasta por fin ser libres y poder estar en casa.

                       

 

  

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