La masacre
Contexto: Finales de septiembre de 2018. Enfrentamientos entre bandas rivales por el control del narcotráfico dejaron una cantidad no determinada de muertos en las parroquias San Juan de las Galdonas y San Juan de Unare, del municipio Arismendi, en el estado Sucre. La dictadura socialista nunca dio cifras exactas de víctimas; habitantes de esas zonas afirman que fueron decenas de muertos y que el gobierno trató de ocultar lo que pasó.
Los cadáveres fueron arrojados en la oscuridad total de la noche caribeña. Uno tras otro, cuerpos baleados y desmembrados de hombres —en su mayoría jóvenes— tiñeron el mar de un leve rosa, perceptible solo a poca distancia.
Los botes regresaron a la orilla sin pesca alguna. Era obvio que otra había sido su misión en ese septiembre extraño y tumultuoso.
Al otro día llegaría la nefasta Guardia Nacional Bolivariana. Entre alborotos y desparpajos intentaron hacer creer que tenían algún tipo de control sobre la situación. En los pueblos, la gente les era indiferente. Su repentina presencia podía resumirse en un convoy de dos camiones cargados de guardias raquíticos, temerosos y sin autoridad. A través de un breve comunicado, un oscuro militar desde Caracas anunció que enfrentamientos entre bandas armadas se habían cobrado unas “pocas” vidas. (Tal vez nunca sabremos con certeza cuántas son “unas pocas vidas” en la mente de quienes militan una ideología que ha permitido el exterminio de millones de personas).
En una absurda y patética demostración de falsa fuerza, sobrevolaron la zona con un helicóptero. Y así quedó.
—Seguro fueron más de 30 —dijo alguien.
Lo que sí es cierto es que siguieron habiendo muertos. Muchos muertos. Muchos cadáveres baleados y desmembrados; jóvenes de 14, 15, 16... máximo 32 años, en pueblos ya casi inexistentes. Pueblos pobres, tristes y olvidados de ese mítico y selvático rincón de la costa caribeña. La muerte y la violencia se hicieron rutina: extorsiones, secuestros, amenazas sin sentido, solo con el fin de aterrorizar y amedrentar. Cientos huyendo, buscando refugio en cualquier otro lugar lejos de la barbarie.
—Fueron más de 70. Todos lo saben —dijo otro, con miedo justificado.
Recuerdo que estuve dos años después en Güiria, hablando irónicamente de libre comercio y de Locke, allí donde lo único que se comercia a gran escala es la droga. Entré gracias a un amigo de la zona y escoltado por un CICPC corrupto. Carreteras totalmente abandonadas y tomadas por el narco llevaban a pueblos donde la gente tiene una vibra extraña. Habitantes con miradas en las que se nota que callan cosas o dicen medias verdades, llevando una vida misteriosa e inexplicable, como si se comunicaran entre ellos a través de silencios o gestos imperceptibles para quienes no son de allí.
Durante el día, se ven militares en todas las calles y plazas. Se dice que están cuidando el negocio. En las noches, pequeños botes de pesca llevan droga, y avionetas sobrevuelan a baja altura arrojando paquetes sobre las playas.
Y mientras todo eso sigue igual, los tiranos, en su delirio premeditado, acusan enfáticamente de exageraciones en internet. Y tristemente sabemos que aún se siguen tiñendo las aguas del Caribe de un leve rosa, perceptible solo a poca distancia, y que nos siguen gobernando por la fuerza los simios responsables de estas y otras tragedias.

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