Santiago, la ciudad que siento

 




La vista de los Andes, imponentes, se ofrece con tan solo salir y mirar un poco más allá de la puerta del apartamento donde vivo en Ñuñoa. A las 8:00 am, los parques parecen inundados por una luz fresca, característica de esta urbe que tiene pequeños oasis repartidos por todas partes. La gente va al trabajo concentrada, sin vacilar, todos parecen estar inmersos en lo suyo, leyendo libros en el metro o con los audífonos puestos, mirando sus celulares. La escena se repite todos los días y, de alguna forma, me parece feliz.

Recorro casi todos los días las mismas calles para ir al trabajo (digo "casi" porque a veces tomo el metro). Voy en bicicleta, atento a cada detalle: los autos, los obstáculos que se atraviesan en el camino. Dejo que el frío de la mañana golpee mi cara mientras diviso los árboles y el pasto que me fascinan a los lados de la calle o de la ciclovía. Para mí, eso es Santiago: la ciudad que siento.

En este breve espacio de mi vida, en el que llevo viviendo en esta ciudad, me he enamorado de muchas cosas: del frío del invierno, de las hojas del otoño, del resplandeciente verano y de la hermosa primavera, siempre tan marcadas. Me fascina la diversidad de personas que encuentras en cada esquina, los contrastes entre las comunas, las calles, los olores y sonidos que llenan el aire.

Aquí, en este rincón del mundo con una historia no exenta de sufrimiento, puedo decir que he encontrado paz y la esperanza de un futuro mejor.



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